Escribe: Roberto Ochoa
Fotos: Johny Laurente
Paso a paso por los espectaculares caminos incas que rodean los abismos del
Huayna Picchu llegamos al “Templo de la Luna", con sus enigmáticas construcciones pétreas que emergen como una orquídea de granito blanco oculta entre árboles y cavernas
Su bella y misteriosa arquitectura aún conmueven a los escasos visitantes que se atreven a recorrer el lado oculto del Huayna Picchu, siguiendo el camino reconstruido por los trabajadores del INC luego del incendio que hace un año asoló la zona. La naturaleza también cumplió con su parte: las plantas llenan de verdor las huellas negras del incendio, flores y árboles en retoño surgen sobre sus muñones carbonizados y el trinar de las aves vuelven a llenar de música el ambiente. Por si fuera poco, una pareja de osos de anteojos y sus dos cachorros han aparecido en las laderas de la montaña sagrada como un símbolo de que el milagro de la vida venció sobre los estragos que dejó el infierno.
Luego de recorrer los caminos de la Patria presentando a nuestros lectores los atractivos turísticos e históricos de todo el Perú, ANDARES vuelve sobre sus pasos con nuevas crónicas y reportajes más detallados de los encantos que ofrece nuestro país. Esta nueva etapa la iniciamos por el santuario histórico de
Machu Picchu que hoy en día ofrece una gran variedad de alternativas a los visitantes Kilómetros de senderos incaicos, jardines de orquídeas o la posibilidad de una inolvidable jornada de safari fotográfico son algunas de las experiencias que presentaremos en los próximos números. Acompáñennos en esta renovada aventura editorial de LA REPUBLICA.
La montaña mágica
Son casi las seis de la mañana y el cielo azul del alba se quiebra con los primeros rayos del sol. Las torres de la catedral y la potente luz de los faroles se reflejan en las empedradas calles de la Plaza de Armas del Cusco. Ha llovido toda la noche sobre la vieja ciudad, pero no a torrentes sino con persistentes y melancólicas gotas heladas. Sólo aquí provoca repetir esos versos de Borges: "la lluvia es algo que sin duda sucede en el pasado...".
Hasta el frío del amanecer es agradable. Aun tenemos tiempo para llegar hasta la estación del tren rumbo a
Machu Picchu, así que nos detenemos en una esquina para escuchar el silencio que impera en la plaza, contrastando con el bullicio de la muchedumbre de jóvenes cusqueños y turistas de todo el mundo la noche anterior. En eso estamos cuando las campanas de la Catedral llaman a misa de seis. El grave sonido de la María Angola rompe el silencio, seguido por el tañido de las campanas "agudas". Un minuto después nuevamente retumba el Angola esparciendo su llamado por toda la ciudad. Casi de inmediato las campanas de otras iglesias cusqueñas doblan al unísono anunciando el nuevo día.
La visión de la Plaza de Armas con sus faroles eléctricos y sus autos estacionados nos muestran un paisaje propio las postrimerías del siglo XX. El sonido de las campanas, en cambio, es un ruido del pasado. Cerramos los ojos y nos imaginamos escuchando la música que imperó en la ciudad hace cuatro siglos...
Da pena dejar el Cusco. Su magia nos sigue conmoviendo como aquella lejana e inolvidable primera vez que visitamos la ciudad sagrada de los incas. Pero nuestra misión es el Machu Picchu resucitado luego del voraz incendio que asoló sus alrededores hace exactamente un año. La verdad es que la afluencia de turistas sólo se paralizó unas cuantas semanas, pero los circuitos alternativos fueron seriamente afectados por el siniestro, entre ellos el camino al Puente Inka y el acceso al Huayna Picchu, esa inmensa roca que se erige como Apu y guardián del monumento, y que esconde entre sus abismos y bosques monumentos de singular importancia para entender el esplendor del
Tahuantinsuyo.