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EL TREN A MACHU PICCHU
Mapa del recorrido
Hasta hace poco tiempo, el tren a Machu Picchu partía de la estación San Pedro, próxima al Mercado Central de Cusco. Hoy lo hace del apeadero de Poroy, en las afueras de la ciudad del Cusco, con la finalidad de evitar la zigzagueante trepada de los cerros que rodean Cusco.
Cuando a tempranas horas de la mañana nos encontramos en la estación rodeados de turistas, equipajes y guías, tal vez con un ligero dolor de cabeza provocado por el "soroche" (mal de alturas causado por los 3.360 metros de altura), sólo debemos pensar en el viaje que nos espera, no sólo en un tren sobre una angosta trocha, sino en las sensaciones que surgirán cuando el tren se deslice sobre el borde del abismo, con las aguas del río Urubamba discurriendo tanto más abajo.
El Tren
El tren a Machu Picchu, no es sólo uno. Hay tres categorías. La clase Turista, donde compartirá con los lugareños parte del trayecto. Ellos, sólo involucrados en su vida de cada día. Usted, el viajero, viviendo una fascinante experiencia.
La categoría superior, el Vista Dome, usualmente sólo utilizado por turistas y, finalmente, el Hiram Bingham, absolutamente fuera de cualquier presupuesto. O, aunque sus recursos sean suficientes, no justifica su costo.
Sea uno u otro, gentes de todas las partes del mundo compartirán el viaje con el mismo fin, llegar al mágico lugar. Las cámaras no cesarán de ser disparadas a través de las ventanas. Todos desean llevarse a casa un imborrable recuerdo de tan maravilloso viaje.
Fuera, el paisaje comienza a cambiar. Estamos ingresando al impresionante Cañón del Urubamba. Las vías del tren, paralelas al río, corren por un cada vez más angosto espacio de paredes escarpadas, casi verticales, que culminan en picachos de perfiles imposibles. Del otro lado, en cada curva, sentirá que nada hay bajo sus pies. Sólo el vértigo de sentirse en el aire. Increíble sensación que recordará por siempre.
El Viaje
Según va pasando el tiempo, nos vamos aproximando al mítico kilómetro 88, punto de partida para el famoso Camino Inca. Vemos bajarse a numerosos caminantes, con sus mochilas, cantimploras y tiendas de campaña a cuestas, mentalizados para pasarse varios días caminando a través de espesos bosques, pasos de hasta 4,200 m.s.n.m., puentes con siglos de antigüedad y precipicios que cortan la respiración; pero también noches bajo las estrellas, acampados cerca de alguna de las muchas ruinas incas que jalonan el camino. Cuarenta kilómetros de caminata que culminan en la entrada a la Ciudadela de Machu Picchu por el Inti-Punku o Puerta del Sol, lugar donde primero aparece el astro rey y lugar desde el que obtendrán su primera vista del Santuario.
Cuando los caminantes se levantan de sus asientos para preparar sus equipajes, extraña sensación se respira en el tren. No son sólo caminantes, aventureros o simple gente con una mochila al hombro, son viajeros de este siglo a punto de traspasar la barrera del tiempo para ingresar en una senda que cinco siglos atrás ya comunicaba Cuzco, capital del Tahuantisuyo, con la misteriosa Ciudadela encaramada en las montañas.
El arribo
Luego del largo viaje, entre tres y cuatro horas dependiendo del servicio, llegaremos a Puente Ruinas, al pie de la Ciudadela de Machu Picchu.
A medida que la velocidad del tren disminuye aparecen, a uno y otro lado de la vía, los pequeños grupos de porteadores que esperan a sus clientes. Tanto en sus rostros inmutables, como en sus atuendos, el tiempo parece haberse detenido entre el pasado y el presente.
El tren se va deteniendo. Las caras de porteadores, guías y vendedores, de cuanto se le pueda ocurrir, comienzan a verse sin ser una mancha del otro lado de la ventanilla del tren.
Llegamos a la estación de Aguas Calientes. Un reducido espacio a ambos lados de la vía copado por puestos de fruta y souvenirs. Restaurantes con mesas y sillas desde las que se puede tocar el tren, agencias de viajes y hostales que compiten por aprovechar hasta el último centímetro de los andenes y, ya por fin, Puente Ruinas, una aún más reducida estación, encajada literalmente entre empinadas laderas. Nuevamente, unos cuantos puestos de venta de frutas o recuerdos de su visita, adornan las vías y el diminuto andén. Enfrente, la oficina de billetes y, más allá, el impenetrable verde de las montañas que bajan verticalmente hasta el río. Pero, dónde está Machu Picchu?
Aún hay que tomar un curioso microbús que, no sin problemas, realizará un inimaginable "slalom" de cuatrocientos metros verticales, 8 km. de camino cuesta arriba, hasta encontrarnos al pie de las ruinas. Todavía, y sin una sola imagen de la Ciudadela, tendremos que andar hasta la Oficina de Admisión y, desde allí, por un resbaladizo terreno, hasta el mágico instante en el que veremos la Ciudadela emergiendo plácidamente entre las nubes.
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