Su matrimonio
Después de los sucesos arriba narrados, se procedió a preparar la
ceremonia del advenimiento del joven Huayna Cápac,
a la cual se quiso dar toda la fastuosidad posible. Era tradición
que el mismo día que el nuevo soberano recibía la borla, insignia
del poder, debía contraer matrimonio. Durante los dos últimos reinados
el matrimonio se había hecho con una hermana, pero no necesariamente
de padre y madre.
La ñusta devenía en colla sin importar cuántas mujeres tuviera anteriormente el príncipe. El relato de esta ceremonia proviene del cronista Santa Cruz Pachacuti y parece más andino que el de los demás.
El Cusco se adornó con esmero y las humildes techumbres de paja se cubrieron con vistosas mantas de plumerías multicolores con aves selváticas. El oro de las cenefas de los palacios relucía al sol y contrastaba con la severidad de las piedras.
Los novios, cada uno en su palacio, ayunaban sin comer sal ni ají y los sacerdotes llevaban a cabo numerosos sacrificios y auscultaban las vísceras de los animales sacrificados para averiguar el futuro.
El día indicado Huayna Cápac salió en andas ricamente
adornadas del palacio de su abuelo Pachacútec acompañado por los
Apu Curacas o grandes señores del Collasuyo.
Mientras tanto, la ñusta llamada Cusi Rimay partió en andas de las casas de su padre Túpac Yupanqui escoltada por los grandes señores de Chinchaysuyo, Cuntisuyo y Antisuyo. No se sabe el porqué del privilegio de la joven de ser conducida por los miembros de los tres suyos, mientras que Huayna Cápac lo era solo de uno. Es posible que fuese una doncella de mayor rango social que su futuro esposo.
Una vez convertido en único señor, Huayna Cápac
no se alejó del Cusco a pedido de su madre Colla Mama Ocllo, quien
tenía predilección por su hijo y temía una larga ausencia. Por ello
envió a su tío Huamán Achachi a recorrer la larga ruta del Chinchaysuyo
hasta el extremo norte, mientras él se quedó recorriendo los lugares
cercanos al Cusco y al Collao.
Al Inca le correspondía mantener las adquisiciones territoriales y continuar ensanchando sus dominios. Sin embargo, en las regiones periféricas del Imperio Inca o Tahuantinsuyo, tanto en Chile como en el actual Ecuador, lugares más alejados de los centros de las antiguas culturas, no existía la costumbre de la reciprocidad que había facilitado la expansión del Estado. Pueblos como los Chinchas se sometían de buen grado al Incario porque no querían estropear sus intercambios a larga distancia.
En las siguientes ausencias de su capital, Huayna Cápac
se dirigió al sur, a Charcas, Cochabamba y Pocona, continuando a
Coquimbo y Copiapó. Según Cieza de León, el Inca se quedó doce lunas
apaciguando la región y edificando caminos y fortalezas. Su permanencia
fue interrumpida por las noticias de rebeliones en Quito, Pastos
y Huancavilca, que obligaron al soberano a retornar al Cusco y reunir
ejércitos.
Cada expedición del Inca exigía una preparación especial. Había que reunir la mita guerrera, convocar a los curacas para pedirles soldados, acopiar víveres, armas y efectuar sacrificios humanos para halagar a los dioses. Tampoco podían faltar las comidas públicas para estrechar los lazos de la reciprocidad entre el Inca, los jefes de las macroetnias y los señores del reino.
Por fin se puso en marcha Huayna Cápac con un numeroso
séquito de jefes, señores y tropas, grupo que iba creciendo a lo
largo del camino. Posiblemente, los curacas comarcanos acudían a
los lugares por donde pasaba el soberano para hacerle su aporte
y manifestarle pleitesía.
Durante su estadía en Cajamarca, Huayna Cápac se
dirigió a Chachapoyas, donde los jefes se habían rebelado y refugiado
en una fortaleza. Después de ser vencidos, numerosos chachapoyas
fueron enviados al Cusco en calidad de mitimaes, donde aún se encontraban
durante el virreinato. Luego, el Inca continuó su ruta hasta llegar
a Surampalli, en tierra Cañar, donde se "holgó en extremo" por ser
su tierra natal y le cambió el nombre por el de Tumibamba, que correspondía
al de su panaca o ayllu real.
Expedición a Raura
Huayna Cápac pasó largos años en el norte de sus
estados y es posible que, habiendo nacido en Tumibamba, prefiriese
residir ahí a permanecer en el Cusco. Además, numerosas fueron las
guerras contra los diversos grupos étnicos de la región que había
que dominar.
Tiempo después de estos sucesos llegó la noticia de la llegada de
nuevos refuerzos desde el Cusco. A la cabeza del ejército estaba
el general Mihi, quien por su alto rango portaba la estatua Huanacauri.
Huayna Cápac, olvidando la tradición de la reciprocidad,
ordenó al general entrar de inmediato a la lucha. Indignado y profundamente
herido, Mihi decidió regresar al Cusco. Avisado Huayna Cápac
de la conducta del general, mandó le enviasen grandes regalos
como correspondía a la costumbre ancestral. Satisfecho, Mihi retornó
con sus ejércitos, marchó a la guerra y salió victorioso.
Este episodio ilustra la diferencia entre la mentalidad andina y la europea. En Europa, la actitud de Mihi sería considerada una traición, pero en los Andes el Inca estaba en falta por haber obviado la reciprocidad.
Después de varios años llegó del Cusco la noticia del fallecimiento
de muchos parientes del Inca, y con esta nueva Huayna Cápac
se dirigió a Quito para preparar su retorno a la capital. Sin embargo,
cayó gravemente enfermo y se cubrió de pústulas. Sintiéndose morir
llamó a los sacerdotes para designar a su heredero Ninan Cuyuchi.
Pero cuando los dignatarios acudieron al príncipe, encontraron que
ya había muerto. Mientras tanto, el sacerdote del Sol, llamado Cusi
Topa Yupanqui, realizaba la ceremonia de la calpa para
conocer la suerte de los designados a través del sacrificio de una
llama blanca.
Tanto para Ninan Cuyuchi como para Huáscar, el otro pretendiente
al poder, los augures fueron desfavorables. Ante la incertidumbre
de la situación, la colla Mama Raura, aconsejada por el
sumo sacerdote, partió al Cusco a forzar el nombramiento de su hijo
Huáscar. Los señores decidieron guardar en secreto la muerte del
Inca para evitar posibles rebeliones y después de momificar su cuerpo
iniciaron el camino de retorno como si estuviese vivo.
Mientras tanto, la corte avanzaba lentamente hacia el sur y Atahualpa, que se había quedado en Tumibamba, trató de pasar inadvertido junto a parte de los generales que custodiaban el país de posibles disturbios de los naturales.